Tiempo de carnaval

El loro Ravachol

El loro Ravachol

Actualizado 23/02/2009 08:54

museo de pontevedra

Perfecto Feijoo Poncet nació en Pontevedra, en una casa de la calle Real, haciendo esquina con Isabel II, el 25 de agosto de 1858, y falleció en la misma ciudad el 10 de junio de 1935. Después de alcanzar la licenciatura en Farmacia en la Universidad de Santiago y de una estancia de varios años en Madrid, regresa en 1880 a su ciudad natal, en donde compra la botica situada en la plaza de la Peregrina, en la confluencia con la calle de la Oliva.

Amante de todo lo gallego, y en especial de la música tradicional, con un grupo de amigos funda en 1883 el primer coro de Galicia, con voces e instrumentos, desde la gaita al pandero, con cornas, triángulos y panderetas, que, junto con documentos y fotografías, se custodian en el Museo de Pontevedra. De la agrupación coral, que ofreció recitales fuera de Galicia (Madrid, Buenos Aires?), cuya historia fue recogida en un libro por José Luis Calle, formaron parte conocidos personajes de la vida pontevedresa, como Víctor Said Armesto, Carlos Gastañaduy, Víctor Cervera Mercadillo o Leoncio Feijoo, en su etapa inicial, y, ya en el siglo XX, Enrique Campo Sobrino, Francisco Portela Pérez o Alfonso Rodríguez Castelao.

Hombre afable y de fácil conversación, atrajo a su farmacia, además de los clientes habituales en busca de medicinas y pócimas, a numerosas personalidades del mundo de la política, de las letras y de las artes, que en la rebotica o en el banco de piedra exterior se reunían en animada tertulia, que rivalizaba con la próxima de Casto Sampedro y Folgar o con la de Jesús Muruais en la Casa del Arco, tertulias que abundaron en Pontevedra y que fueron glosadas por Prudencio Landín Tobío en un opúsculo en De mi viejo carnet.

Parece ser que en 1891 llegó a las manos de Perfecto Feijoo un joven loro, tal vez procedente del Regimiento de Infantería, con base en Guillarei (Tui), de cuya banda de música era director Martín Fayes, amigo y profesor del farmacéutico. José Filgueira Valverde, en uno de sus eruditos "Adral", apunta con ironía que el loro de la botica bien pudiera ser descendiente de los papagayos que venían en la flota franco-española procedente de América que en 1702 fue hundida por la anglo-holandesa en el estrecho de Rande, salvándose las aves, que se expandieron por diversas zonas próximas, siendo acogido uno de ellos en Pontevedra y expuesto en una jaula en la Plaza de la Villa, junto a la Casa del Concejo, que hablaba en lengua vernácula, ya que, como escribió Fr. Martín Sarmiento, "como estaba en la Plaza, adonde hay infinidad de mujeres gallegas voceando en idioma gallego, no sabía el papagayo más lengua que la gallega". No sería, sin embargo, el loro de Feijoo el único que había en Pontevedra, ya que Enrique Fernández-Villamil dice que podía ser pariente del que habitaba en la casa de Doña Chanita, en la carretera de Marín, del de los Muruáis o del de los Besada. Pero sí llegó a ser el más conocido y el más famoso.

Asentado el loro en la botica pontevedresa, tardó una temporada en adaptarse a su nuevo emplazamiento, permaneciendo casi mudo, sin hacer alarde de su facilidad para la conversación y para la incorporación a su vulgar vocabulario cuartelero de palabras y frases que escuchaba a su dueño y a los visitantes de la farmacia. Pero pronto exteriorizó su carácter de alborotador y de irreverente que llevaba dentro. De ahí que Perfecto Feijoo le bautizase con el nombre de "Ravachol", identificándolo así con el anarquista, revolucionario y terrorista francés François Claudius Koeningstein, el feroz dinamitero conocido por el apodo de François Ravachol, detenido a finales de marzo de 1892 y ejecutado en la guillotina el 11 de julio del mismo año.

Conocidas y famosas son las frases que Ravachol solía pronunciar, recogidas muchas de ellas por Prudencio Landín, Enrique Fernández-Villamil y José Luis Calle. La más frecuente era "Se collo a vara", en alusión a la que le había mostrado su amo amenazándole con darle de palos, recriminando así su mal comportamiento verbal. Con ésta y con "Bárbaro" formó una oración que pronunció durante un sermón misionero que dos religiosos ofrecían en el atrio de la Peregrina, haciendo salir de entre el público, perfectamente audible, el grito "Bárbaro, se collo a vara", que produjo indignación en el sacerdote y entre el público, para, una vez reconocido, cantar cuando correspondía y hacer las plegarias como los demás asistentes.

Ravachol pronto se hizo popular y querido por los visitantes de la farmacia, que le obsequiaban con algún caramelo o golosina, pero que si no lo hacían recibían, con aire conminatorio, la frase "Vaite de aí, lambón" o la ya citada de "Se collo a vara".

Cuando Perfecto Feijoo le dejaba solo en la botica para permanecer en la trastienda o en su vivienda, el loro no tardaba en avisarle de que tenía clientes: "Don Perfeuto, xente na tenda" o "Don Perfeuto, parroquia". A veces jugaba a adivino, ofreciendo ya por anticipado la mercancía que pensaba iba a adquirir el cliente, como "Un patacón de manesia", o advirtiéndoles de que "Aquí non se fía". Si el visitante era un sacerdote, podía manifestar su aversión al clero emitiendo el sonido "cua, cua, cua" propio de los cuervos. La misma escritora Emilia Pardo Bazán fue objeto de los improperios de Ravachol después de amenazarle por las frases groseras con que le recibió, acabando el loro por dejar salir de su pico la palabra "puta".

Otros personajes famosos recibieron los insultos de Ravachol, como Eugenio Montero Ríos, por el que sentía verdadera antipatía, a quien quiso expulsar de la farmacia diciéndole "Vaite de aquí, larpeiro". Refiere Fernández-Villamil una visita realizada a su finca de Lourizán por Ferfecto Feijoo y el loro, con ocasión de una reunión de ilustres políticos, a los que llamó "Ladrones, ladrones", poniendo además de relieve su "incompatibilidad de caracteres y de léxico con los visitantes de Don Eugenio". O Emilio Castelar, a quien insultaba diciéndole "Demo das barbas".

Estando un día aburrido en su jaula colgada de un poste telegráfico frente a la farmacia, quiso gastar una broma a su dueño, que se encontraba en su vivienda, llamándole: "Don Perfeuto, a despachar". Al bajar el boticario a la tienda y no encontrar ningún cliente, recibe de Ravachol la regocijante y contundente frase: "Te engañé".

Por sus habilidades para el diálogo fue Ravachol seleccionado para formar parte del elenco de actores que el 1 de marzo de 1900 representaron en el Teatro el "despropósito bufo, lírico, fantástico y carnavalesco, sin pies ni cabeza, en prosa y verso" titulado Pontevedra en 1900, de la autoría de Enrique Labarta Posse, con música de Isidro Puga, que se incluye en el folleto sobre el Carnaval de dicho año que se conserva en la colección Casal del Museo de Pontevedra, con otros muchos impresos sobre tal celebración desde 1860 hasta 1912, fecha del fallecimiento del médico pontevedrés.

Ravachol tenía un papel corto y debía actuar en la quinta escena del cuadro primero del segundo acto, escena que se ubicaba en la plaza de la Peregrina, a la que accede un hombre en estado de embriaguez, a quien el loro, en presencia de los personajes del Carnaval de 1600 y del de 1900, debía llamar borracho en varias ocasiones, amenazarle con "Cala porco" o "Se collo a vara" e insultar con "Bárbaro" o "Cotorrita Real". En la representación hizo gala de su indisciplina y, saliéndose del papel fijado, pasó a pronunciar a su antojo las frases y palabras de su vocabulario, sin orden ni concierto, por lo que fue retirado de la escena.

La prensa pontevedresa del 27 de enero de 1913 (en especial El Diario de Pontevedra y La Correspondencia Gallega, custodiados en el Museo) se hace eco del fallecimiento el día anterior del loro Ravachol. En las respectivas crónicas se da cuenta de la "tremenda y desconsoladora noticia", cuya causa fue una enfermedad desconocida, y sobre él se dice que era "espanto de princesas y pescadoras", que "todos le admiraban y reían" y que "en Galicia tenía justa nombradía". Otros comentarios jocosos apuntaban a un empacho motivado por la gran cantidad de bizcochos mojados en vino que había tomado e incluso a un envenenamiento por parte de alguien que se había sentido molesta víctima de sus insultos. Fuere cual fuere la causa, las pócimas de la botica que le fueron suministradas resultaron inútiles para mantenerlo con vida.

La muerte de tan ilustre personaje provoca en la sociedad pontevedresa una profunda sensación de pesar que, unida al regocijo propio del tiempo carnavalesco, vivido en la ciudad sin actos de relevancia, induce a honrarlo tal como se merecía, organizando un prolongado velatorio, los primeros días en la botica y luego en el local de la Sociedad Recreo de Artesanos, y un entierro por todo lo alto.

Su cadáver fue embalsamado por Francisco Moya antes de ser colocado sobre una mesa cubierta de flores en la farmacia, en donde Perfecto Feijoo recibe innumerables muestras de cariño y de sentimiento por el deceso, tanto en persona como a través de cartas y telegramas, llegadas desde distintas localidades de Galicia y del resto de España. El presidente del Recreo de Artesanos, Isidro Buceta, hace llegar una misiva al desconsolado farmacéutico emplazándolo a una reunión en su sociedad para preparar el "solemne sepelio del malogrado Ravachol".

La Sociedad de Artesanos se hace cargo del cuerpo el domingo de Carnaval, 2 de febrero, e instala la capilla ardiente en su local, con Ravachol dentro de una urna sobre un catafalco, rodeado de cuatro velones. Hasta el día del entierro, previsto para el día 5, Miércoles de Ceniza, desfilaron por la sala mortuoria infinidad de personas, incluidas autoridades civiles y militares.

Los "albaceas testamentarios" publican un bando, fechado el mismo día 5, en el que ordenan, entre otras cosas, la concurrencia al solemne entierro, disfrazado cada uno a su manera "y llevando en vuestras pecadoras manos un farol lo más funerario posible". La comitiva fúnebre partió a las siete de la tarde desde el local de Artesanos, en la plaza de la Constitución o Herrería, desfilando las calles Comercio, o Soportales, Fernández Villaverde, Michelena, Oliva y Riestra, para finalizar en los jardines de Eduardo Vincenti, en donde se ubicaba el Circo Teatro, siendo presenciado su paso por miles de personas.

Frente a la que había sido durante veintidós años morada de Ravachol, se practica una parada con el fin de que los componentes del coro Aires da Terra y del orfeón de la Sociedad Artística entonasen un De profundis de despedida.

Según las crónicas periodísticas, formaban la cabalgata doce jinetes con faroles encendidos, bandas de cornetas, la comparsa Los Espías, las carrozas del Liceo Casino y del Recreo de Artesanos, la de los contertulios de la botica, la banda de música municipal y numerosas máscaras, disolviéndose a la entrada de las Palmeras.

En el Circo-Teatro se celebró una "velada infausta", preparada "en honor del fenecido Ravachol". En el programa impreso, custodiado en el Museo, aparecen reseñadas las siguientes intervenciones: interpretación de un Introito, por la Banda Municipal; latomanía biográfica con los excesos consiguientes, por un entusiasta admirador del ilustre muerto; canzzonetta coreada, por el Signore Victorio, italianización de Víctor Cervera Mercadillo, lo mismo que lo era para Antonio Blanco Porto el de Signorina Biancha della Porta, que recitó una herejía lírica; discurso tétrico necrológico, por un Jefe de Estación, que resultó ser José Fernández Tafall; varias piezas, cantadas por el barítono Alejandro Torres, para finalizar con la "gran marcha macabra triunfal, coreográfica y apoteosis". Los precios para asistir a la velada eran de cuatro pesetas para seis entradas de palco, setenta y cinco céntimos la silla y cuarenta céntimos general.

Concluida la velada, el cuerpo del difunto Ravachol es trasladado en coche hasta la finca O Padronelo que Perfecto Feijoo poseía en Mourente para proceder a su entierro. Allí sería recordado en años sucesivos por sus deudos y amigos, como lo demuestra una fotografía del Museo, en la que aparecen Alejandro Mon y Landa, Víctor Cervera Mercadillo y el propio boticario rezando de rodillas sobre el lugar en que había sido sepultado.

Tal fue la vida conocida, desde su llegada a Pontevedra, del loro Ravachol, que en 1985 es incorporado al Carnaval pontevedrés como uno de sus símbolos, con cuyo velatorio y entierro se pone fin a una semana de fiesta.

Diputación de Pontevedra Museo de Pontevedra